domingo, 11 de mayo de 2008

El Cerro y El Pastorcillo

EL CERRO Y EL PASTORCILLO


Había amanecido un día soleado, los rayos entraban por la ventana de la pequeña casa iluminando toda la estancia, el trino de los pájaros del exterior se oía con alegría y júbilo, parecía una preciosa mañana de Primavera. Le daba pereza levantarse pero el pastorcillo sabía que tenía que realizar sus labores cotidianas, el rebaño estaba esperándole ansioso, desde la cama podía escuchar a las recién nacidas, nerviosas, jugueteando con sus madres en el corral esperando a sentir la libertad de los campos para correr y pastar a su antojo.

La noche anterior había trasnochado un poco pues se encontraba tan ensimismado leyendo aquel libro, ¿cómo podían ser ciertas aquellas historias que en aquellas páginas se contaban?, nunca le habían ocurrido esas cosas a él.

Aunque era muy joven, contaba apenas con 21 años, había tenido que tomar el mando de aquella pequeña hacienda y fortuna que había heredado tristemente de sus padres hacía tres años, pocos días después de haber cumplido la mayoría de edad. Fallecieron ambos cuando una noche de frío invierno el brasero que utilizaban por aquella época prendió la habitación mayor donde dormían, había sido un autentico milagro o quizás casualidad del destino que únicamente esa sala fuera la afectada y el resto de la casa quedara intacta. En múltiples ocasiones se había culpado de este hecho por haber resultado inútiles todos sus esfuerzos para rescatarles, de nada servía seguir lamentándose aunque lo tenía presente a diario tuvo que hacerse fuerte y luchar por sobrevivir.

Empezaba una nueva mañana y tenía que llevar al ganado a los pastos, mejor comenzar pronto, así podría regresar a buena hora en la tarde y continuar con su lectura después de terminar con los quehaceres de la casa, también debía ordeñar a las ovejas para llevarles la leche recogida a sus clientes, sus merecidas propinas recibía, no podía entretenerse, así que comió un pequeño aperitivo para desayunar y lleno su morral con unas buenas viandas para la comida, salió raudo y veloz hacia su cometido.

Rondaban las siete de la mañana cuando llego al cerro, el bosque de pino y el manto verde predecían que sería un día tranquilo, transcurrió la mañana y después de comer a nuestro pastorcillo le embriagó el sueño, se quedo placidamente dormido pues sabía que al menor problema su compañero fiel, aquel pastor alemán llamado Oliveros que siempre le acompañaba, le avisaría.

Transcurrieron las horas y de repente un sonido estremecedor le despertó, estaba diluviando, una fuerte tormenta se había desatado, lo peor de todo es que no se había dado cuenta, había caído en tan profundo sueño que no había sentido ni el retumbar de los truenos ni las gotas empapando su cuerpo, pero eso no era todo, su rebaño y su cuidador habían desaparecido.

¡Dios mío! ¿y ahora que haría él?, no se podía ver nada, todo estaba oscuro, la manta de agua que caía le impedía ver más allá de donde estaba, tampoco escuchaba el balido de las ovejas ni el ladrillo del perro, ¿dónde se habrían metido? ¿las habrían robado? ¡Imposible, Oliveros le hubiera avisado! pero claro tampoco se habría dado cuenta, aunque eso hubiera sido lo ocurrido, otra vez todo perdido, otra vez empezar de nuevo, pensaba, ¿por qué? se preguntaba, ¿acaso se lo merecía? si él lo único que hacía era trabajar para vivir, tan ensimismado se encontraba en medio del Cerro, mirando y buscando, dando vueltas a su alrededor llevado por aquellos pensamiento negativos e intentando dar una explicación a lo ocurrido que en uno de sus pasos tropezó con algo, era su bastón, lo reconoció al tocarlo con sus manos, se incorporó y al mirar al frente no podía creer lo que sus ojos veían.

En el medio del Cerro, como si de otro lugar se tratase, se había abierto una brecha de luz, como un camino que bajaba del cielo a la tierra, en el centro de ese haz había algo, no podía distinguir bien el que, pero decidió acercarse para comprobarlo, nada podía perder, además aquel lugar que apareció de la nada parecía seguro. Se acercó lentamente, con miedo, asustado, a medida que se iba acercando podía observar formas de distintos tamaños mirando hacía algo que había, algo que brillaba más fuerte que el resto de la luz, cuando por fin alcanzó su objetivo, boquiabierto, no podía creerlo, allí no llovía, no hacía frío, estaba todo su rebaño, incluso su perro, lo que tanto admiraban aquellos animales, en silencio, sin emitir ruido alguno, mansos, era una forma humana que emitía destellos rodeada de ángeles, era la Virgen María, la cual le habló diciéndole:

- - Pastorcillo, ¿Qué temes?, ¿acaso me tienes miedo? ¿crees que yo podría dejar que te ocurriera algo malo? Aquí tienes tu rebaño, no se ha perdido ni te lo han robado, tan sólo los he resguardo mientras esta dura tormenta caía, no volverás a pasar penurias, ya bastante tuviste con tu desgracia, te auguran largos años de bienestar, no te faltará la comida, ni tu trabajo diario, ni siquiera aquellos a los que tan servilmente llevas la leche y quesos cada día, regresa a tu casa pastor, tan sólo una cosa te pido para que todo esto ocurra y es que vengas a visitarme a diario con tus humildes ovejas, que pasten en estas tierras que nos rodean, es mi único deseo, no pido nada para mí pues yo con ver feliz a mi pueblo ya estoy llena de dicha.

Mirando incrédulo a aquella figura de una belleza inigualable, con cabellos largos y negros como el ébano, piel blanca aparentemente suave y delicada, la cara siempre sonriente reflejaba una dulzura y amor incomparable, sus ropas humildes de las que destacaban únicamente su manto rosado con bordados de oro y la corona que portaba que la daban, junto con los cuatro ángeles que la rodeaban, un aspecto angelical. Se abrió paso entre aquellos seres, se arrodilló ante ella sin atreverse a tocarla y comentó:

- Así lo haré mi Señora de Los Ángeles – dijo el Pastorcillo tartamudeando – serán ordenes para mi tus deseos y te doy las gracias por cuidar de estos pobres animales y mi humilde persona, ya ganaste un siervo más en tu morada, morada que con ayuda del pueblo será aquí construida, tus hechos serán contados en todo este terreno.

Con estas últimas palabras del Pastor, La Virgen desapareció, dejando detrás de sí una pequeña talla de su persona, la cual el pastorcillo cogió con sumo cariño entre sus brazos, reunió el rebaño y viendo que la tormenta se había disuelto y el sol y la calma reinaba de nuevo en el lugar corrió despavorido hacia su casa, encerró al ganado y acudió al Párroco del pueblo para contarle lo acontecido.

Fue entonces cuando se decidió levantar en el lugar de la aparición una Ermita en honor de La Virgen de Los Ángeles, nombre con la cual fue bautizada y cuya autoría se debe al pastorcillo al que se le apareció, desde este hecho no hay día que el pastor falte a su promesa de acudir al Cerro, así como el pueblo devoto de la misma a dirigir sus plegarías a aquel santo lugar llamado hoy en día El Cerro de Los Ángeles.

Fue así como se cuenta el origen del Cerro de Getafe en uno de aquellos libros que a Ceferino, el Pastorcillo, le gustaba leer sobre leyendas ocurridas a distintos personajes y que se convirtió en protagonista indiscutible de una de las fábulas contadas en años posteriores.

Autor: Raquel Sánchez.

Relatos Jamás Contados


No hay comentarios: